martes, 24 de junio de 2008

Crítica

Hay que tener un estomago fuerte para mirar y vivir esta película que es una historia y a la vez muchas más. Es la historia del niño Juan, es la historia de su pueblo, es la historia de un País, es la historia de una y mil traiciones. Sobretodo, es la historia de la idiotez humana, que es diferente e igual a cualquier latitud del mundo. Por un lado están los insurgentes, quienes, en nombre de un presumido amor al Pueblo, a ese mismo Pueblo lo violan, lo atormentan sin piedad. Se imaginan que se lo pueda lograr todo, sustituyendo un sistema ancestral de relaciones e incluso de creencias, con una suerte de religión política, enseñando litanías de muerte, repetidas al infinito, hasta labrar el más resistente cerebro, actúan igual que los Conquistadores y los misioneros de antaño, pero, creyendo, quizás hasta en buena fe, que lo suyo es nuevo, es diferente, es la esperanza. En tanto que su rabia, su sed de venganza y de justicia, les borra gran parte de su humanidad, los ojos de Juan no dejan de ver que todo eso es puro horror; su corazoncito no deja de palpitar para su madre; su cerebro no deja de pensar en como resistir a todo eso; sus recuerdos gratos no son las clases de estrategia militar, son los rostros de sus amigos, son las clases de trabajo y de vida del viejo herrero que le enseñaba la dura faena de batir hierro y la dulce maravilla de fabricar palomas de papel. Y en tanto que todo eso ocurre, centellas de los paisajes andinos nos embrujan. Cuando finalmente Juan logra alertar a su pueblo acerca de una inminente incursión terrorista y el correspondiente "juicio popular", justo su pueblo y su gente, que ya no da para más, que ya no logra confiar ni en sí misma, no le cree. Estalla la batalla, y a pesar de la desigualdad, a pesar que los campesinos luchan con trinches y palos y los guerrilleros con fusiles, los campesinos parece que ganan, pero, ¿es verdad?, no, no lo es, porque Juan pasa de las manos de los guerrilleros a las de los militares y de ellas a un instituto. Así comienza la película, con Juan que es todo un hombre ya, que vuelve a su pueblo, a sus recuerdos, a su dolor y a la vez a algo que parece esperanza o tan sólo la posibilidad de comenzar otra vez. ¿Puede una película resumir el dolor de todo un Pueblo? Mírenla y lo sabrán en su propia carne.


Lo mejor:

Juan, Domitila y el herrero


Lo peor:


Falta de énfasis en la realidad que vivió el Perú.

Noticias


Película peruana Paloma de papel en inauguración de Festival de Cine Latinoamericano

Esta semana, la película peruana Paloma de Papel, de Fabrizio Aguilar, participó en la inauguración del Cuarto Festival de Cine Latinoamericano, en Canberra, Australia. La inauguración del Festival, estuvo a cargo del embajador de nuestro país en Australia,a la que asistieron má de 300 personas, en los dos teatros del Museo Nacional de Australia, autoridades, miembros del cuerpo diplomático, ciudadanos latinoamericanos y numeroso público australiano, quien destacó que este año se celebran los 45 años de las relaciones diplomáticas peruano-australianas.Tras poner en contexto la temática que aborda la película, nuestro embajador subrayó el mensaje de esperanza y solidaridad del filme.

Sound track de la película

A continuación anexamos la letra de la canción compuesta (música y letra) por Gianmarco y que interpreta Max Castro.


Paloma de Papel

Voy a regalarme un cuento
y sembrarme en libertadmi
montaña y mis anhelosmis
mañanas y mi madre resucitan
y se van

Mi frontera es el silencio
y la guerra un día mas
mi batalla es el recuerdo
cada noche es mi consuelo
para empezar a soñar

(coro)
Y convertirme en campo
no sentir miedo sólo mi fe
recuperar de nuevo mi árbol
hacerle un nido a mi paloma de papel

Voy a despintar la nieve
nuestra sangre la manchó
voy a reinventarme el alma
deshacerme de este karma
y arrancarme el corazón

(coro)

Nadie va a cambiar el llanto
ni las marcas de mi piel
ni la sombra ni el espanto
tengo vida y vuelo alto
en mi paloma de papel.

jueves, 19 de junio de 2008

EL DIRECTOR : FABRIZIO AGUILAR


A sus treinta años y con varios premios a cuestas, FABRIZIO AGUILAR ingresa de lleno a la cinematografía nacional y latinoamericana con su primer largometraje, Paloma de papel.
Se trata de un proyecto acariciado desde 1998 y que aborda desde un ángulo inédito el tema de la violencia terrorista que vivió nuestro país durante más de una década. Ambicioso propósito del que ha salido muy bien librado con una cinta de impecable factura.
Nacido en 1973, Fabrizio Aguilar estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima (1991-1996), cultivando paralelamente su interés por la actuación en el Club de Teatro de Lima, con talleres de actuación e interpretación (1994).
Precisamente mientras participaba de esos cursos es que se abre camino en la televisión, participando de la secuencia Nace una estrella del programa concurso De dos a cuatro. Al año siguiente (1995), consigue su primer papel en una telenovela, la recordada Los de arriba y los de abajo.
Desde entonces, no se ha desligado de la producciones nacionales, integrando el reparto de Malicia (1995), Obsesión (1995-1996), Lluvia de arena (1996-1997), Todo se compra, todo se vende (1997), Girasoles para Lucía (1999), Isabela (1999) y Milagros (2000-2001).
Su preparación actoral y dramática la siguió en los talleres de Peter Foster (1999) y Alberto Isola (2000), participando en montajes como Medea la encantadora (1995), Cristo light (1997), Una absurda y estúpida película (1998), Hay que llenar la noche (1998), Amor: el sexo sentido (1999) y Il tramonto della luna (1999).
Pero su vocación cinematrográfica viene de mucho más atrás, en sus días universitarios, plasmándose en su primer cortometraje, La cuerda floja, que mereció un premio del Conacine. Ese logró sirvió para confirmar sus condiciones como director en la pantalla grande.
Así, mientras desarrollaba su carrera actoral, preparaba el curso cinematográfico como asistente de Francisco Lombardi en No se lo digas a nadie, y del director español Benito Zambrano en Solas, filme ganador de varios premios internacionales como el Festival de Berlín.
También incursionó como actor en el cine en los largometrajes Muerto de amor (Edgardo Guerra, 2000) y Mercurio no es un planeta (Alberto Chicho Durand, 2002), lo que a pesar de su corta edad le otorga una considerable experiencia en los principales aspectos de la labor cinematográfica: dirección y actuación.
Lo único que faltaba para poner sobre el plató su proyecto era el financiamiento. Por ello, lo presentó en el Primer Concurso Especial de Proyectos de Largometraje (2000), que le otorgó cuatro premios, y en el IV Concurso de Proyectos Cinematográficos de Largometrajes (2001), donde obtuvo un premio.
Completó las posibilidades el Premio Ibermedia para Desarrollo de Proyectos Cinematográficos, que obtuvo a fines del 2001. De esa manera se hizo posible que el cine peruano vea nacer ahora a un joven y talentoso director cuyo trabajo obtendrá muchos lauros del público y de la crítica especializada.

lunes, 9 de junio de 2008



Paloma de papel (2003)
Dir: Fabrizio Aguilar 88 min. Perú
Intérpretes:Antonio Callirgos (Juan), Anaís Padilla (Rosita), Angel Josue Rojas Huaranga (Pacho), Tatiana Astengo (Carmen), Aristóteles Picho (Fermín), Liliana Trujillo (Domitila), Eduardo Cesti (El Viejo), Melania Urbina (Yeni), Sergio Galliani (Wilmer), Gilberto Torres (El alcalde), Gustavo Cerrón (Benigno), Pold Gastello (Zambrano)



El tema de la sangrienta lucha interna que vivió el Perú es tratado en este debut del actor Fabrizio Aguilar. A diferencia de La boca del lobo (la película más lograda en torno al tema) aquí se presenta el conflicto desde la perspectiva de los pobladores, testigos y rápidamente partícipes de las acciones. La compleja circunstancia del papel que cumplieron en los hechos ha sido retratado por el cine peruano, tanto en documentales y en el campo de la ficción (con cintas como Ni con dios ni con el diablo o La vida es una sola). Dentro de ellas se encuentra Paloma de papel que tiene a su favor una mayor distancia para poder reflexionar sobre el fenómeno. La opción de la cinta es crear un pequeño drama que tiene como centro la mirada de un niño, que ajeno a las maldades e intereses se verá envuelto en una guerra no declarada. La mirada dentro del género es la solución que encuentra el director para transmitir la tragedia del Perú de los más feroces años del terrorismo.


La mirada infantil ante la dureza y crueldad del mundo en el que viven siempre ha sido la perspectiva más inquietante. Ellos entran en conocimiento del orden establecido solo para darse cuenta antes que otros que tal orden no existe como se idealiza. El director Fabrizio Aguilar muestra el interés por una narración clara en el completo sentido de la palabra (mucho de su trabajo con Francisco Lombardi debe haber influido). Así que con una preocupación a todo nivel arma su historia que se ensambla como un largo regreso al pasado. Ahí vemos al pequeño Juan un niño alegre y juguetón (a pesar de su hogar en conflicto) que con sus pequeños amigos será testigo del ingreso abrupto del temor y la violencia a su pequeño pueblo. Son los más encarnizados años de la escalada senderista de la cual tanto habrán oído hablar. Acaso una lejana historia sobre la muerte de un padre o la misma carta de presentación en la figura del alcalde ajusticiado. Mirada primaria puesta en contacto indisoluble con la malsana destrucción de la armonía.
Tras el aviso de llegada la vida del pequeño Juan cambiará por completo. Colocado sin quererlo como parte de la lucha armada como tantos otros moldeables compañeros a los cuales seguirá y de los cuales aprenderá las doctrinas de la igualdad social (a su manera). El sorprendido nuevo adoctrinado hasta respirará el respeto y el código cívico de su nueva escuela, pero sin olvidar su ansia por la libertad. La moral y el orden de grupo enfrentados al deseo inherente del control de una persona sobre sí mismo. La película se define a sí misma como una de aprendizaje, de transito (de manera brutal) al crecimiento. Antonio Callirgos en este caso es una revelación y acaso lo mejor de la cinta, su constante sorpresa y tristeza infantil son la expresión misma del dolor por la pérdida no sólo de los seres queridos y la libertad sino de algo más allá en el horizonte vital.


Aquí vemos la interrupción de su autentica línea de crecimiento (como la del país). Lamento por la barbarie cometida que lloran a partes iguales víctimas y victimarios (la secuencia culminante en la plaza). Con todo, lo discreto de la cinta (tanto en el acabado formal como en su intención de melodrama total) tendría que prestarle más atención a esta vertiente e intereses establecidos por Aguilar que no es otra que el acercamiento de circunstancias excepcionales a partir del oficio de narrar una pequeña historia. Una de tantas que hemos escuchado lejanamente o visto y que configuran apenas la dimensión completa de la barbarie. Barbarie que hasta ahora sigue causando llanto en los recuerdos o las vivencias de los que recién llegan, como el pequeño Juan. Heridas o cicatrices que forman parte perenne del Perú como las más antiguas tradiciones y símbolos patrios. Hechos para no olvidar.
Premios y nominaciones·
Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (2004) - Selección oficial·
Festival de Cine y TV de Cartagena (2004) - Nominada a mejor película

jueves, 5 de junio de 2008

Historia


¿Quién es este hombre de aspecto desgarba-do y solitario que baja hacia el pueblo, atraído por las voces y ruidos de la comunidad? Cuando lo vean, seguramente pocos lo recordarán. Ya es todo un hombre y lleva marcado el rostro con la tinta indeleble del sufrimiento y la injusticia. Sin embargo, en sus ojos apagados vive todavía aquel niño serrano de once años llamado Juan (Antonio Callirgos), hijo de Domitila (Liliana Trujillo) e hijastro del cobarde Fermín (Aristóteles Picho). Su corta vida en-contraba reposo en la amistad de Pacho (Ángel Rojas), el hijo del alcalde; Rosita (Anaís Padilla), una pequeña pastora; y el viejo he-rrero que le enseñaba a batir el hierro y a fabricar aves de papel. ¿Cómo ha llegado entonces a ser quién es? Para eso hay que re-cordar el día fatídico en que el padre de Pacho es asesinado y Juan descubre que Fermín, su padrastro, es un delator y está implicado en el crimen. Este conocimiento provoca que Fermín entregue a Juan a los terroristas, para asegurar su silencio. Imprevistamente, sin que medie consulta alguna, Juan es obligado a militar en las fi-las insurgentes, junto a otros niños y adolescentes cautivos como él, a los que se entrena para matar y para tolerar la visión de la muerte sin pestañear. Juan logra huir y se dirije a su pueblo. Su propósito es alertar a los vecinos que es inminente una incursión terrorista. Nadie le cree, pues lo acusan de ser un señuelo. Domiti-la consigue esconder a Juan, pero pronto es descubierto. Cuando las huestes terroristas llegan al pueblo, preparan un "juicio popu-lar". Pacho y Rosita observan cómo Juan y Domitila son arrastra-dos hacia la plaza, junto a la autoridad y al padrastro, todos acusa-dos de traición. Desesperados, los pequeños acuden en búsqueda de la ronda campesina (la misma que desoyó la advertencia de Juan) y, en el camino, Pacho cae herido, lo que deriva en una bata-lla campal de desiguales proporciones: los ronderos (sistema popu-lar de vigilancia) blandiendo trinches, palos y granadas caseras, mientras los terroristas empuñan sus fusiles. La batalla es ganada por los campesinos, pero en la plaza yacen muertos y heridos. Cuando un camión del ejército llega al pueblo, comienza para Juan otra etapa dolorosa de su vida: la estancia en la cárcel. Años después, indultado, Juan regresa al pueblo. Llega en búsqueda de los recuerdos de una infancia que seguramente no fue feliz, pero que tuvo rostros y situaciones que la memoria guarda con devoción.